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Todos los públicos

Ficha

Nacho Marraco
Javier Botella
Luis Callejo
Oskar Redondo
Rocío Mostaza


video

Un hombre avariento y amargado recibe la visita de tres fantasmas la víspera de Navidad. Estos espíritus representantes de las Navidades pasadas, presentes y futuras conducirán a Mr. Scrooge por un viaje que le hará enfrentarse con la realidad de su existencia. Una oportunidad para cambiar su destino y redimirse de sus actos. Con el paso del tiempo “Cuento de Navidad” se ha convertido en una obra de culto para todo el que celebre las festividades navideñas de cada año. Con una estética de cuento y una fantástica caracterización de los personajes situaremos la acción en la Inglaterra del siglo XIX. La música en directo estará presente durante todo el espectáculo en este montaje para todos los públicos donde tanto niños como adultos podrán disfrutar de este clásico de la literatura universal.

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 Dickens abogaba por una actitud más benévola y caritativa con los niños, pues las condiciones en la era victoriana les eran adversas: la prostitución, la mendicidad, el trato a los obreros y el aumento de la población a consecuencia de la industrialización del país y el colonialismo británico en el mundo.

Julio Castro – La República Cultural

Aparece trajeado el narrador en escena, y nos anuncia un esbozo de lo que será este Cuento de Navidad que, a partir del texto de Dickens ha querido montar la compañía Teatro del Barro, dirigida a todos los públicos, tal vez algo más crecidit@s que para la infancia. Es Nacho Marraco, el director y último responsable de este trabajo, el que nos está introduciendo la primera escena, como aparecerá en varios interludios, para conducir el texto a lo largo de la función.

Aquí veremos los horrores de las diferencias sociales, pero también una forma divertida y entrañable de mirar a nuestro pasado y presente. Digamos que l@s niñ@s están incluidos, pero que los adultos cobran protagonismo en una versión para todos los públicos. Es un cuento diferente, dickensiano, sin duda, clásico en parte, actual en la manera de llegar al público.

Los trabajos de la compañía tienen siempre un toque y un sabor a clásico, dentro de lo contemporáneo de su acción, y siempre gozan de lo cuidado en cada uno de los aspectos, desde el ambiente y el entorno, al detalle minimalista: en todo. Ya sea en la elección de cada intérprete para los respectivos personajes, en el diseño escénico, en la composición del vestuario, en el texto y la manera de decirlo, en las acciones,…

Y parece que esta obra estuviera hecha para que la compañía la lleve a escena, porque hasta los detalles del sucinto humor británico están en consonancia con su manera de hacer. Eso por no hablar del personaje protagonista, porque han conseguido el perfecto Mr. Scrooge, como si fuera algo casual.

Diseño escénico, simbolismo e investigación

Una enorme esfera de reloj de cuerda tipo carillón, preside el fondo central del escenario. Parece estar controlando la vida y el pasar del tiempo que le queda al protagonista, o cómo pueden cambiar sus vidas a lo largo de un período indeterminado. Indeterminado, porque no tiene agujas: es un reloj atemporal. Sin embargo, esas agujas sí que están en el escenario, y es que parece que el director ha transferido el control de ese tiempo a las manos del protagonista, precisamente, quien no dispone apenas de él. Así que nos lo sienta a matar los ratos perdidos en una mecedora con dos agujas en la mano: dos agujas de hacer punto, que es su entretenimiento.

Entiendo que aquí hay una buena labor de investigación, que se traduce en la simbología de la obra y la referencia a la época. Y es que en aquella época Victoriana, de primera mitad del siglo XIX, en que la revolución industrial no se había llevado por delante los asuntos domésticos propios, y cada cual debía tejer sus propios elementos de abrigo en casa. Scrooge es avariento con obcecación, así que no cabría pensar que pasa el rato haciendo punto (el tiempo es oro, y es para los negocios), pero sí que se ahorra unos peniques al confeccionar su ropa de abrigo. Y en este tiempo que aprovecha, también se va su miserable vida, así que, esas dos agujas de punto están supliendo las otras, las del reloj que no señala ni avance ni retroceso.

En esta versión no se ha querido recurrir a los efectos especiales más allá de los que la imaginación y los recursos escénicos puedan permitirles, de proyecciones, ni videos, ni otros elementos que complementen lo que su actuación no es capaz de llevar a cabo con el texto, con la voz, con la iluminación o con el atrezo. Tan sólo se permitirán un lujo, uno que es habitual en la compañía desde hace años, y que ya pudimos ver en Yo soy la mujer de Miguel Hernández, o en Eleuterio, historia de un hombre libre, y hablo de la música en directo. En la primera de ellas fue la guitarra de Luis Callejón, en la segunda el chelo de Sebastián Lorca, ahora se trata del piano de Carlos Pérez Mántaras. Cada trabajo ha tenido su estilo de intimidad a través de la música, como lo tiene por medio de la acción escénica teatral, y aquí se demuestra que nada es casual, sino escogido, y el resultado debemos agradecérselo también, en buena medida, a Mar Solis, por sus diseños de vestuario y por la escenografía.

La visión social

En escena se juega con pocos elementos, pero todos ellos ambientados en su época, o haciendo referencia clara a una época, en que la riqueza y la miseria eran el contraste social que se distinguía entre quienes mostraban sus posibilidades y quienes sufrían la exclusión. Una afirmación como la del empleado de Scrooge ante el sobrino de aquel, muestra un pasado que parece regresar a nuestros días: “señor, la dignidad es un lujo que los pobres no nos podemos permitir”. Hoy parece que las cosas no han cambiado a mejor.

En el mismo sentido, cada cual saque sus conclusiones, pero hablando de justicia, cualquier propuesta puede valer, independientemente de la venta de las navidades que se hace, mientras el resto del año todo vale… y tiene razón Scrooge, solo que en el sentido opuesto de sus ideas.

Y es que este cuento, que se ha transformado en una historia restrictiva de ciertas fechas “idiotizantes”, que deforman el sentido de la idea de su argumento, pero parece que tal y como vienen las cosas, más de uno revisará sus costumbres. Y pasaremos lista a los banqueros, que son mucho peores que Scrooge, que no tienen más solución que echarles del su poltrona y quitarles lo robado, porque esas son las navidades y el año nuevo que parece avecinarse. (Bueno, a lo mejor es que yo me siento más Scrooge que fantasma…)

El elenco

En fin, que rompiendo con el clásico edulcorante, Teatro del Barro nos muestra un Cuento de Navidad más desnudo en sus ambigüedades, y más vestido en su puesta en escena, sin necesidad de convertir en brillos y esplendores aquello que no es, pero manteniendo el clasicismo de su autor. Aquí todo el elenco hace gala de su experiencia, ya sea el protagonista, Javier Botella, al que conocía en su faceta de técnico de sala, pero no en la de actor, pero que demuestra sus capacidades interpretativas, o los distintos fantasmas, ya sea Rocío Mostaza que, a la vez que el Fantasma del Presente está haciendo el papel de la mujer de Bob Cratchit, y de su hijo, con una gran facilidad y con su faceta de transformar la voz que ya conocía de otros proyectos artísticos de esta actriz. El propio Bob, empleado de Scrooge, y que interpreta Luis Callejo, con la sencillez del personaje y la humildad de sufridor, al que luego da la vuelta, para ser su completo opuesto en el papel de Fantasma del Pasado, con la suficiencia que le hace sentirse por encima de cualquiera al saber todo lo ya ocurrido anteriormente. O el personaje de Fred, sobrino de Scrooge, que encarna Oskar Redondo, más breve en su papel, para luego aparecer difuminado entre gasas, haciendo la mímica del mudo Fantasma del Futuro.

A los anteriores, en esta ocasión, se une el propio director, Nacho Marraco, que hace la ligazón del relato con su fácil sentido de la narración, como buen cuentacuentos que ya ha demostrado en alguna ocasión que es. Salvo Oskar Redondo, o el pianista, Carlos Pérez Mantarás, tod@s l@s anteriores son ya conocidos de otros montajes de la compañía, y siempre han estado más que a la altura de su cometido. Aquí Teatro del Barro tiene el doble esfuerzo de saber llegar a todos los públicos, y estoy seguro de que lo logran ampliamente.

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Cuento de Navidad de Charles Dickens

Teatro del Barro

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Un hombre avariento y amargado recibe la visita de tres fantasmas la víspera de Navidad. Estos espíritus representantes de las Navidades pasadas, presentes y futuras conducirán a Mr. Scrooge por un viaje que le hará enfrentarse con la realidad de su existencia. Una oportunidad para cambiar su destino y redimirse de sus actos. Con el paso del tiempo “Cuento de Navidad” se ha convertido en una obra de culto para todo el que celebre las festividades navideñas de cada año. Con una estética de cuento y una fantástica caracterización de los personajes situaremos la acción en la Inglaterra del siglo XIX. La música en directo estará presente durante todo el espectáculo en este montaje para todos los públicos donde tanto niños como adultos podrán disfrutar de este clásico de la literatura universal.

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 Dickens abogaba por una actitud más benévola y caritativa con los niños, pues las condiciones en la era victoriana les eran adversas: la prostitución, la mendicidad, el trato a los obreros y el aumento de la población a consecuencia de la industrialización del país y el colonialismo británico en el mundo.

Julio Castro – La República Cultural

Aparece trajeado el narrador en escena, y nos anuncia un esbozo de lo que será este Cuento de Navidad que, a partir del texto de Dickens ha querido montar la compañía Teatro del Barro, dirigida a todos los públicos, tal vez algo más crecidit@s que para la infancia. Es Nacho Marraco, el director y último responsable de este trabajo, el que nos está introduciendo la primera escena, como aparecerá en varios interludios, para conducir el texto a lo largo de la función.

Aquí veremos los horrores de las diferencias sociales, pero también una forma divertida y entrañable de mirar a nuestro pasado y presente. Digamos que l@s niñ@s están incluidos, pero que los adultos cobran protagonismo en una versión para todos los públicos. Es un cuento diferente, dickensiano, sin duda, clásico en parte, actual en la manera de llegar al público.

Los trabajos de la compañía tienen siempre un toque y un sabor a clásico, dentro de lo contemporáneo de su acción, y siempre gozan de lo cuidado en cada uno de los aspectos, desde el ambiente y el entorno, al detalle minimalista: en todo. Ya sea en la elección de cada intérprete para los respectivos personajes, en el diseño escénico, en la composición del vestuario, en el texto y la manera de decirlo, en las acciones,…

Y parece que esta obra estuviera hecha para que la compañía la lleve a escena, porque hasta los detalles del sucinto humor británico están en consonancia con su manera de hacer. Eso por no hablar del personaje protagonista, porque han conseguido el perfecto Mr. Scrooge, como si fuera algo casual.

Diseño escénico, simbolismo e investigación

Una enorme esfera de reloj de cuerda tipo carillón, preside el fondo central del escenario. Parece estar controlando la vida y el pasar del tiempo que le queda al protagonista, o cómo pueden cambiar sus vidas a lo largo de un período indeterminado. Indeterminado, porque no tiene agujas: es un reloj atemporal. Sin embargo, esas agujas sí que están en el escenario, y es que parece que el director ha transferido el control de ese tiempo a las manos del protagonista, precisamente, quien no dispone apenas de él. Así que nos lo sienta a matar los ratos perdidos en una mecedora con dos agujas en la mano: dos agujas de hacer punto, que es su entretenimiento.

Entiendo que aquí hay una buena labor de investigación, que se traduce en la simbología de la obra y la referencia a la época. Y es que en aquella época Victoriana, de primera mitad del siglo XIX, en que la revolución industrial no se había llevado por delante los asuntos domésticos propios, y cada cual debía tejer sus propios elementos de abrigo en casa. Scrooge es avariento con obcecación, así que no cabría pensar que pasa el rato haciendo punto (el tiempo es oro, y es para los negocios), pero sí que se ahorra unos peniques al confeccionar su ropa de abrigo. Y en este tiempo que aprovecha, también se va su miserable vida, así que, esas dos agujas de punto están supliendo las otras, las del reloj que no señala ni avance ni retroceso.

En esta versión no se ha querido recurrir a los efectos especiales más allá de los que la imaginación y los recursos escénicos puedan permitirles, de proyecciones, ni videos, ni otros elementos que complementen lo que su actuación no es capaz de llevar a cabo con el texto, con la voz, con la iluminación o con el atrezo. Tan sólo se permitirán un lujo, uno que es habitual en la compañía desde hace años, y que ya pudimos ver en Yo soy la mujer de Miguel Hernández, o en Eleuterio, historia de un hombre libre, y hablo de la música en directo. En la primera de ellas fue la guitarra de Luis Callejón, en la segunda el chelo de Sebastián Lorca, ahora se trata del piano de Carlos Pérez Mántaras. Cada trabajo ha tenido su estilo de intimidad a través de la música, como lo tiene por medio de la acción escénica teatral, y aquí se demuestra que nada es casual, sino escogido, y el resultado debemos agradecérselo también, en buena medida, a Mar Solis, por sus diseños de vestuario y por la escenografía.

La visión social

En escena se juega con pocos elementos, pero todos ellos ambientados en su época, o haciendo referencia clara a una época, en que la riqueza y la miseria eran el contraste social que se distinguía entre quienes mostraban sus posibilidades y quienes sufrían la exclusión. Una afirmación como la del empleado de Scrooge ante el sobrino de aquel, muestra un pasado que parece regresar a nuestros días: “señor, la dignidad es un lujo que los pobres no nos podemos permitir”. Hoy parece que las cosas no han cambiado a mejor.

En el mismo sentido, cada cual saque sus conclusiones, pero hablando de justicia, cualquier propuesta puede valer, independientemente de la venta de las navidades que se hace, mientras el resto del año todo vale… y tiene razón Scrooge, solo que en el sentido opuesto de sus ideas.

Y es que este cuento, que se ha transformado en una historia restrictiva de ciertas fechas “idiotizantes”, que deforman el sentido de la idea de su argumento, pero parece que tal y como vienen las cosas, más de uno revisará sus costumbres. Y pasaremos lista a los banqueros, que son mucho peores que Scrooge, que no tienen más solución que echarles del su poltrona y quitarles lo robado, porque esas son las navidades y el año nuevo que parece avecinarse. (Bueno, a lo mejor es que yo me siento más Scrooge que fantasma…)

El elenco

En fin, que rompiendo con el clásico edulcorante, Teatro del Barro nos muestra un Cuento de Navidad más desnudo en sus ambigüedades, y más vestido en su puesta en escena, sin necesidad de convertir en brillos y esplendores aquello que no es, pero manteniendo el clasicismo de su autor. Aquí todo el elenco hace gala de su experiencia, ya sea el protagonista, Javier Botella, al que conocía en su faceta de técnico de sala, pero no en la de actor, pero que demuestra sus capacidades interpretativas, o los distintos fantasmas, ya sea Rocío Mostaza que, a la vez que el Fantasma del Presente está haciendo el papel de la mujer de Bob Cratchit, y de su hijo, con una gran facilidad y con su faceta de transformar la voz que ya conocía de otros proyectos artísticos de esta actriz. El propio Bob, empleado de Scrooge, y que interpreta Luis Callejo, con la sencillez del personaje y la humildad de sufridor, al que luego da la vuelta, para ser su completo opuesto en el papel de Fantasma del Pasado, con la suficiencia que le hace sentirse por encima de cualquiera al saber todo lo ya ocurrido anteriormente. O el personaje de Fred, sobrino de Scrooge, que encarna Oskar Redondo, más breve en su papel, para luego aparecer difuminado entre gasas, haciendo la mímica del mudo Fantasma del Futuro.

A los anteriores, en esta ocasión, se une el propio director, Nacho Marraco, que hace la ligazón del relato con su fácil sentido de la narración, como buen cuentacuentos que ya ha demostrado en alguna ocasión que es. Salvo Oskar Redondo, o el pianista, Carlos Pérez Mantarás, tod@s l@s anteriores son ya conocidos de otros montajes de la compañía, y siempre han estado más que a la altura de su cometido. Aquí Teatro del Barro tiene el doble esfuerzo de saber llegar a todos los públicos, y estoy seguro de que lo logran ampliamente.

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